El otro día reflexionaba sobre lo poco que se valora en España el fracaso. Algo tan necesario, algo que forma parte de nuestras vidas desde que nacemos hasta que morimos, se estigmatiza y se rechaza sin profundizar en los beneficios que aporta. Porque fracasar es inevitable y, diría más, imprescindible para llevar una vida sana. El fracaso te aporta herramientas para enfrentarte a la vida y te moldea el carácter. Estoy convencido de que fracasar me ayuda a ser mejor persona.
Estuve pensando que podría ser buena idea hablar del fracaso en una entrada de este blog, pero lo cierto es que tampoco me apetecía profundizar en ello más allá de un párrafo. En vez de estar escribiendo una larga entrada sobre el tema podría dedicarme a promocionar mis libros. A tratar de mercadear con ellos. Pero no, preferí dedicar mi tiempo libre a jugar unas partidas con mis amigos a esos juegos de mesa modernos que los alemanes fabrican como churros. Sí, como churros. Hay tal avalancha de novedades en literatura, en cómic, en juegos de mesa, en modelos de lavavajillas… que ya no tenemos criterio. Que ya valoramos todo como un producto, no como una obra de arte. Hemos transformado nuestros libros en productos comerciales que deben ser promocionados y vendidos. A veces incluso antes de ser escritos. La promoción es, sin duda, una forma de fracaso.
Pero en fin, no todo va a ser triste. Han hecho una lectura en la radio de mi relato Visita guiada a la ciudad sumergida. ¿No es hermoso?



Ah, la idiosincrasia de este país nos impide a la mayoría reconocer que nos equivocamos, o sea, que nuestros fracasos se deben en gran parte a nosotros mismos. Antes muertos que reconocer nuestras equivocaciones (ahora, con qué alegría las reconocemos en los demás). Es parte de que seamos el país que somos, de que estemos como estamos y de que tengamos el futuro que previsiblemente tendremos