Dice Darío Vilas en El rincón de Koreander, entrevistado sobre la colección de libros pulp de 23 Escalones, que
“Es curioso, en este país hay más escritores que compradores de libros por no decir que hay más escritores que lectores, quiero pensar que todo el que escribe es un buen lector, al menos por regla general”
Yo comparto la idea de que hay más escritores que lectores, desde luego, pero además creo que la mayoría de los escritores que vemos en foros, blogs, etc. y enviando relatos a revistas y fanzines y promocionándose por todas partes no leen. Y no es que sea malo para el autor, más allá de que su técnica y su estilo sea menos interesante que la de otros autores que sí leen. Es malo para el negocio. Demasiados escritores, probablemente el doble que lectores. O más. Muchos más.
No sé, sigo creyendo, como decía Borges, que lo que leo es más valioso para mí que lo que escribo, pero me temo que es una imagen romántica que en estos tiempos mercantilistas carece de sentido. Leo aproximadamente un centenar de libros al año, sin contar revistas ni relatos en la red ni blogs ni libros técnicos ni reglas de juegos de mesa. Publico aproximadamente un libro al año desde 2004.
Yo creo que es una cifra justa. 1 a 100.
¿Y vosotros? ¿Cuál es vuestro ratio leído/publicado?



Bueno, yo sólo publico relatos en antologías compartidas, así que no sé cuál sería mi ratio. Leo entre 50 y 70 libros al año. Pero también leo la prensa diaria, relatos sueltos, blogs, etc y me paso unos 40 videojuegos al año, que parece que no, ppro enriquecen la escritura. También sigo unos 30 webcómics. Empiezo a entender por qué escribo tan poco.
Sí, yo no he mencionado el tiempo que dedico a videojuegos, cine, etc. Desde luego tu ratio es mejor que el mío, pero en cuanto publiques tu primer libro estás perdido
Y sobre lo que dices de los videojuegos, yo también creo que enriquecen al autor, pero la escritura necesita también ese proceso de lectura que muchos autores obvian.
De cualquier forma, eso es algo que no entiendo. Pretender escribir bien sin leer me resulta absurdo en extremo. De hecho, si de niño no me hubiera gustado leer, no creo que me hubiera dado por meterme a esto en la vida.
Totalmente de acuerdo, pero escritores que no leen, como las brujas, “habelas, hainas”
Pues sí, la realidad es que no todo el que escribe lee, por eso en la entrevista declaré que “quiero pensar que todo el que escribe es un buen lector”. Quizás debí decir “prefiero pensar”.
Desde luego, estoy de acuerdo con Borges en que es más valioso para mí lo que leo que lo que escribo, y no me importa reconocer que soy mucho mejor lector que escritor (sí, también hay buenos y malos lectores).
En cuanto al ratio, pues no sé, como escritor soy poco constante, puedo tener algún año en el que no publique ningún libro en solitario y al siguiente sacar dos de golpe, como en 2011. Pero leer, pues cerca del centenar de libros al año. Quizás alguno más, contando originales no publicados (de los que nunca llevo la cuenta).
Gracias, Darío, por darme pie para esta entrada y por acercarte a Umbría a hablar de ello.
Lo del ratio es un rollo personal mío, no espero que todos os paséis a indicar el vuestro
Considero necesario leer al menos mil libros antes de plantearte publicar uno tuyo, pero como digo son cosas mías.
La publicación es una locura. Si todo hubiera ido como debía este año yo hubiera publicado cinco libros. Al final imagino que serán dos, lo que ya es demasiado, pero en fin, es difícil controlar el mundo editorial y lo cierto es que estoy contento cuando veo el libro publicado y, por fin, puedo olvidarme de él
Gracias a ti, por hacerte eco del artículo de El rincón de Koreander.
¿Te olvidas de un libro cuando lo publicas? A mí se me hace muy raro cuando tengo que ir a presentar un libro y ya estoy con otro entre manos o terminado. Todavía estoy haciendo ahora presentaciones de la novela que publiqué el año pasado, y estoy desconectado de ella por completo, ya escribí otra y estoy preparando una más. Es como hablar de algo de un pasado remoto.
Debería ser como dices, tener un bagaje amplio antes de lanzarse a publicar algo propio, pero hay escritores que me han reconocido haber leído (y leer) muy poco. Pero cada cual a su manera, desde luego esa no es la mía.
Sí, cuando lo publioo -y evidentemente tras la promoción y reseñas varias y demás- trato de olvidarlo. Lo mismo con un relato, con un microrrelato o lo que escriba o diseñe. Es una catarsis: lo saco de mi cabeza y en cuanto otra persona (editor) lo publica, ya no me pertenece, ya puedo continuar con otro tema.
Es importante esa figura de editor, es el que valida mi trabajo, el que lo pule para que los receptores puedan disfrutarlo y deje de ser una locura personal y privada. Sí, también me he autoeditado -sin ir más lejos mi último libro de ficción mínima, Gas Mask- pero soy de los que cree firmemente en la valía del editor.
Lo que yo eliminaría de la ecuación es el distribuidor, pero incluso en formato electrónico parece inviable.
Yo considero indispensable la figura del editor, salvo para experimentos en los que uno asuma el riesgo por gusto.
Está clara la figura que sobra en la ecuación, sobre todo en el mercado digital. No tiene ningún sentido el distribuidor, pero no están dispuestos a renunciar a su pedazo de pastel (siempre el más grande), ni siquiera después del hostiazo de las industrias musical y cinematográfica. No aprendemos nada.
Mi ratio es un poco bajo. Solo he publicado una vez. Un microrrelto en ‘Ediciones efímeras’ cuando era un blog de microrrelatos. Ahora no lo encuentro, así que probablemente el texto en cuestión haya desaparecido como lágrimas en la lluvia. ¿eso cómo se contabiliza? Puedo decir sin faltar a la verdad que se ha perdido toda mi obra literaria. Lo cierto es que siempre he tenido la impresión de que mi relato se publicó en gran medida por mi amistad con el editor, y la verdad es que no recuerdo ni de qué iba. Solo recuerdo la ilusión que me dio. No puede decirse que la pérdida sea como lo de la biblioteca de Alejandría precisamente.
Pero lo que realmente quería comentar aquí es un fenómeno que he podido observar mucho entre los no muchos escritores que conozco, y que desde luego se da también entre ‘pintores’, ‘cineastas’, etc: una carencia notable de clásicos.
Conocen la obra de un semianónimo de Winsconsin pero no han leído a Blasco Ibañez, por ejemplo. Memorizan el catálogo de ARCO, pero no reconocen un Bottichelli, componen música vanguardista pero no saben quien fue Satie, etc.
No deja de sorprenderme cada vez.